Llevo horas mirando el horizonte. El paisaje llena el pozo de mis pensamientos con recuerdos. Al fin, después de tanto ignorar las alertas, este se ha desbordado. Ya no caben en la profundidad de mis letanías de odio y orgullo. Pensaría que faltó haber realizado más rituales de carne y de sangre, excavar más profundo. Crear un fondo tan infinito como el delirio que me da por la madrugada. Creo haberlo conseguido, pero el pozo llevaba ya muchos diluvios contenidos. Y este viaje al sur me ha terminado por poner de rodillas. Con la mirada vacía, triste... Calculando el huevo que dejó el paso de tu risa en este parque.
Aún recuerdo aquel día, cuando estaba tan orgulloso de tu trabajo. De nuestro desvelo. Celoso de quienes se te acercaban y harto de tener que soportar la hipocresía. Porque bien valía la pena por tu felicidad, me decía. Ahora miro aquel lugar y tu eco se disipa en los agujeros de mi mente. Estiro mi mano para sostener una vez más tu mejilla. Etérea se desvanece entre el aire y mirones. Aquí guarde un poquito de tu amor. Y me faltan tantas piezas pero qué haría yo ahí, tratando de encontrar fantasmas. El regreso hacia el norte no fue menos doloroso.
Es que hubo un ángel, que estaba perdido. Había enloquecido cuando te marchaste. Se desgarró la piel y queriendo arrancar su vuelo,lo detuvimos. No dejaba de gritar. Y para antes de ser apabullado bebió de la llama turquesa. Sabía que lo mataríamos, pues ya no resistimos sus alaridos. Su voz se desgarraba y nos era más fácil escuchar un cuchillo raspando a una botella. No pudimos más. En la primera seducción del ángel de odio, lo asesinamos. Lo enterramos con todos los vestigios, con todos los recuerdos. Cualquier otro ángel que hubiera guardado una extensión hacia ti, hubiera tenido el mismo destino que el primer ángel. Aquel que terminó con humo en lugar de piel.
Pues bien, llegó a ser que con el diluvio. El extracto salino se filtró a través de las grietas que aún quedan de las ruinas. Había tanto mar en mis ojos, que el flujo capilar de éste se fundió con el cadavérico corazón del ángel sin voz. Su reacción violenta como el agua al sodio metálico encendió de manera violenta todos los suelos, los cimientos de mi razón. La vibración fue tal que abrió una brecha entre todos los escombros. Para sorpresa de todos los ángeles, que habían quédadose en una obscuridad total, vieron que a través de aquella brecha, un fino as de luz bañaba el inmenso valle. Todos se vistieron con el manto turquesa grisáceo de nuevo.
Como lava de volcán, abrió la tierra y salió caminando con destellos de flamas cúpricas y rayos de azul eléctrico. Se dio paso entre el cascajo, las cenizas y el aire tóxico para dar por sentada, de última que habíamos hecho todo mal. Tal vez fue que no le matamos o que la llama turquesa le devolvió la vida pero ya estaba ahí. Para mostrarnos que habíamos sido tercos y tontos. Que ni el paso de estos 193 años nos han servido para seguir adelante. Que todo lo que siempre hemos querido, son cosas que tuvimos y se fueron. Y que si estás volvieran las tomaríamos como lo más preciado del mundo y que hasta el ángel del odio se haría a un lado. No importaría nada. Y todo eso lo supimos sin que el hubiera que decir palabra alguna. Su descanso había de estar mirando hacia el horizonte, esperando tu regreso. Y el nuestro había de ser construir nuestros sueños cómo sí aquí estuvieras. Como si aquí estuvieras.
Espero que todo esto termine pronto. Hace mucho que no duermo bien en la noche por estar buscando cosas para callar el eco de los alaridos del ángel mudo.
Nunca fue ningún chiste decir que después de ti, no había nada. Y aquí sigo. En la nada
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