domingo, 25 de febrero de 2018

Más claros que el marrón y más obscuros que la miel

Aún recuerdo el último encuentro de nuestras vistas. Tú, accediendo a un mundo nuevo y yo tratando de conservar sangrando el corazón. Si supieras qué he hecho, sabrías que no me deja de sangrar. Falló todo mi plan, el algoritmo estuvo mal. Tú, tuviste toda la razón, siempre tú.

Realmente nunca me había arrepentido de la elección que tomé. Prender aquello y cobijado en flamas para sembrar en las cenizas. No fue la mejor idea. Si tan solo podía volver a ese momento cuando tenía la oportunidad hubiera elegido tus enormes ojos saltones.

Amaba correr acariciando tus jardínes al interior de tu mirada. Arder nuestros plexos solares sembrados entre sábanas. Nunca más hubo alguien con tanto espíritu con el tuyo. Con tantas cosas rojas saliéndole del alma. Hube que ensuciar mi nombre para que huyeras lejos y que resultarás en algo mejor. Fue mi mayor deseo entonces.

Aquello fue lo único que salió bien. Siendo así me alegra haber servido de algo. Puedo darle un sentido a mi sufrimiento, a mis desvelos... Puedo dar sentido a mi error. Puedo más con la culpa que con una espada atravesando mi torso. Eso me tiene peor. Las cosas ya no me saben igual. Todo se me pinta en una escala alta de grises. No hay colores, ni contrastes.

Llevo casi 682080 minutos de guerra interna. Mi vida va a pique y yo me voy a la verno junto con ella. Sin música, sin flavor, sin letras, sin calor, sin emociones... Me siento muerto en vida y ni siquiera había empezado a vivir. Si estuvieras aquí sabrías que te soñé. Como siempre, como antes. Ahora eres un fantasma de mi identidad. Y dale cada vez que quiero ser mejor. Para recordar que no puedo cometer otra vez el mismo error.

Ya falta muy poco para el fin y los párpados se están imantando. El aire va entrando para sacar a pedazos mi alma maldita. Y en el último aliento susurro tu nombre. Esperando que llegue en el viento cual paloma mensajera ante tu ventana para hacerte feliz con mi dolor. Cómo la bestia que soy. El ser horrido que quemó su honor por las penas de una zarina que nunca supo que quería.

Lo siento, qué tonto soy. Perdón

Al final supongo que me lo merezco

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