El sonido de las Palmas en su espalda le había llenado de ovaciones en la piel. La gran mecha de su libido había sido encendida al igual que la candidez en sus orejas y en las mejillas. Sentía como la sangre le iba y le venía de vuelta y cómo le recorría el cuerpo de arcilla pues el magma de la caldera en su corazón todavía no se había extinto.
Poco a poco se iban incrementando los estallidos. El choque de las ingles cepillan con gran ferocidad todos los miedos e inseguridad. Una danza trabada de movimientos lentos, duros, circulares y oscilatorios le quemaban la respiración. Que era más intensa cada vez, tal que dejó su vestidura de cisne para convertirse en un colibrí.
Siempre llegó a la conclusión de que le hacían falta manos, para poder masajear toda esa carne de exquisitos muslos y pechos perfectos, justo como le convertía de un ser racional hacia la completa locura. Todo su ser le lleva a límites nunca experimentados. Todos sublimes y etéreos que terminar, nunca fue el deseo. Todo se pintaba de colores incomprensibles, sonidos y sensaciones celestiales... Era como si quisiera incendiar el alma con cada roce de carne. Era la única forma de aliviar el prurito bestial, era la unica manera de liberar la ira.
La caldera en su vientre hervía y desprendía vapores orgánicos volátiles que enervaban los receptores y terminales nerviosas de cada neurona, de cada fibra en el corazón. Porque eso sí, nunca hubo nada igual por una sencilla razón. El favor de su mente colmó de caricias y besos en el espíritu. Le calmaba el infierno con ego y vanidad... Y los cielos se rendían ante sus ángeles tiernos y dulces tan llenos de amor, pasión y de entrega.
Sus mejillas enrosadas le recordaba la madurez de los duraznos y los duraznos a su sibarita figura. Tan pura y solemne que la imagen por sí sola le hacía llegar al cénit de sus más esquineros pensamientos.
La noche fue nuestra, fue mía una vez más
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