sábado, 6 de mayo de 2017

Tardes Sombrías

Desde hace meses que no ha dejado de pensar en ella... Las memorias en su piel calan las vísceras, le remueven los nervios aislados de carne... Las memorias en su piel son como cuchillos de carne. En su mirada pérdida ve a una niña, una muñeca rota que camina descompuesta hacia él... Casi bailando con la mirada torcida, despeinada, con ojeras y los ojos quebrados como si hubiese llorado años... Balanceándose hacia donde él la miraba... Mientras que el susurro del recuerdo palidecía la piel de ella y de él y todo giraba entre luces y sombras, a escalas de grises, blanco y negro cual película vieja, película muda. Los labios de ella se movían pero él no comprendía lo que decía y su recuerdo se desvanecía en el aire y no quedó más que una neblina... Ese temblor en la piel, el nudo en la garganta y el hueco en el estómago.

 Se pasaba las tardes, recordando, lloraba y no dejaba de pensar en ella... Era su letanía, mientras comía, mientras leía, mientras escuchaba música. ¡Oh! La música... No había otra cosa más hiriente que la música, y las películas, vaya, todo le llevaba hasta ella a su utopía, le llevaba hasta aquel lugar. Un jardín abandonado, de flores marchitas y hasta eso le recordaba a ella.  La puerta de acceso a la chocita del jardín estaba podrida, bastaba un pequeño tirón para que terminara de caerse. La nebulosa solo dibujaba planetas fríos y basura espacial. ¿Cómo se habría sentido llenar el jardín con sus flores? ¿Cómo crecerían los vástagos? Tal vez nunca lo sabría ¿Cómo revivir algo que ha muerto? Saber siquiera si estaba con vida era una sentencia de muerte

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