Rodaban en mi cabeza, nuevamente, las memorias de guerra. Una vez más el corazón se congela. El dulce danzar de sus caderas se movían de un lado a otro en mi imaginación circunspecta. La tranquilidad, la frescura y la humedad de su sibarita figura colmaron mi antorcha y desvaneció mi fuego.
Entonces voy por la vida mendigando. Tan solo una, tan solo una. Por veredas y calles, voy diciendo locuras y coqueteando a la muerte. En perdidos malabares de alturas, envenenamientos químicos y al calor de los cañones bandidos. Nada ha resultado en el efecto deseado hasta ahora. Mientras tanto sigo alimentando la melancolía con una larga lista de amargas canciones, frases, dramas, recuerdos, remembranzas y cicatrices.
No necesito el perdón para redimirme. Nada puede colocar mi corazón en su letargo de vuelta. El templo ya no es el mismo de antes. Está atiborrado de fantasmas que despiertan mis demonios y por el momento necesito que estén y sigan durmiendo. Pero a veces mis gritos no son suficientes y las aguas negras del olvido me llenan hasta la sien.
Entre una de las búsquedas de no sé que, me encontré con el pasado. Y lo vi ahí, tirado tirando barquitos de papel en el mismo mar donde suelo liberar mi adrenalina. Sangraba y tenía mal aspecto. Me acerqué para entender mejor sus susurros. Y estos llegaron a ser mis plegarias antes de la tormenta. El himno de que las mujeres están locas iba venía pero ya no se iba otra vez. Sentí su dolor a través de su puño y letra. Volví a sentir la conectividad de las ondas del agua de mar. El misticismo marino volvió a mí para refrescar mi sendero hacia la locura. Pronto anocheció y cómo todas las noches hay que huir de los fantasmas que llegan para aparecer perpentos como screamers de mal gusto durante la velada.
Huí de ahí pero me llevé un pedazo inmenso de orgullo.
Los dioses también sangran
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