Es curioso que cuando una despedida no es anunciada sea de lo más fácil. Y aunque al principio duele arde y quema, el escozor se disipa tan rápido como su partida. En cambio, las despedidas anunciadas lastiman desde el primer día del anuncio, se van enterrando en el alma y cuando están totalmente ancladas es curiosamente el momento en que parten y arrastran todo desde el fondo.
Uno no puede estar preparado para algo así.
Uno sólo debería dormir y no saber más.
Uno se va haciendo indiferente a la ausencia de las personas. Sin embargo, detrás de la armadura de negación, se extraña con locura.
Uno simplemente no vuelve a ser el mismo.
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