viernes, 30 de octubre de 2015

Entre abierta

No podría imaginarse el tremendo sueño que sobre sus párpados recaía. Por la tarde no se notaba que fuera algo tan difícil y sin embargo, no habría podido siquiera, comenzar por escribir su ensayo. Sencillamente, la distracción era tan ligera, que a la menor de las pisadas volaba hacia mundos nuevos, lejanos... Extraños. Su oído, que por defecto, devoraban todo el conjunto de notas obscuras que salían de su mayor maravilla... Y nada.

Pronto, se vio solo y sin pensar en cualquier otra cosa, más que descansar un poco, dejó caer su peso en sobre el cojincito del sillón. Cálido y confortable. De inmediato él se quedó dormido. Iba y volvía entre los mundos, no se quedaba quieto. A dónde quiera que fuera, hallaba un poco de inspiración. Por fin estaría a punto de capitular su obra antes de despertar, cuando de pronto, entre la maleza y follaje de aquel bosque de dónde sacaba flores de color carmín, vio una sombra, una silueta. Su presencia sólida, inamovible y severa lo ponían un poco inquieto. Lo veía fijamente para intuir que haría, pero la sombra, no se movía.

En dos movimientos rápidos se desprendió de ese contorno amenazador y volvió a casa. Ya en casa, comenzó a escribir un relato acerca de lo que vivió en esos mundos, las personas que conoció, las nuevas especies de plantas, flores y animales, omitiendo claramente el cruento desenlace que vivió en su viaje. Se sentía orgulloso, sin en cambio, volvió a sentir que el sueño lo tendía poco a poco sobre el sillón y para antes de caer rendido se levantó y se dispuso a atender a su cama. Confortable y segura, como cualquier fuerte de almohadas en el mundo.

Cogió su pijama, su almohada, la abrazó, respiró profundamente y así como exhaló, había dejado el cuerpo para ir a marte a ver si había agua. Ya ahí, se hacía de rocas espaciales para analizarlas y admirarlas. Se detuvo un momento para mirar por la rendija del ojo para ver que no se hallaba sólo en ese lugar. Guardó sus piedras y corrió tan rápido pudo hasta el transportador pero ya no había nada, ni nadie. Puso en marcha su nave y se fue.

Cuando llegó al cuarto, notó que algo andaba mal. No recordaba haber dejado la puerta abierta. Volvió entrar a su cuerpo pero... No reaccionaba. No podía mover ni un músculo. Ni siquiera el dedo pequeño de las manos ni de los pies. Sentía un frío que escaldaba la piel y empezó a sentir mucho miedo. Oía risas de una voz extraña, no era alguien que conociera ni que él supiera se trátase de alguien que quisiera jugarle una broma. Todo pasaba por su mente dispersa y la jaula de su cuerpo. De pronto dejó de oír la extraña voz. El miedo se fue.

Sin embargo, el miedo y la inmovilidad lo ataban a la cama. La calma duró poco. La puerta que había quedado apenas abierta, rechinaba como cerdos muriendo. Agitó su respiración y en silencio pedía auxilio, sin que nada ni nadie pudiera ayudarlo, entenderlo o escucharlo remotamente. Solamente escuchaba abrirse esa puerta. Mientras su corazón latía al grado de querer zumbar como el aleteo de una avispa. Hormigueo en la cara, la espalda y el pecho le barnizaban el miedo que lo hacían sucumbir a la histeria y a la desesperación.

En su gran lucha, logró mover su cuerpo. Por lo menos una parte. No muy significativa. Apenas 5 cm2. O menos fueron levantados con coraje, sus párpados. ¡Abrió los ojos! Solamente pudo abrir los ojos para mirar a su alrededor. Sin poder mover otra cosa más que sus globos oculares y agitar su respiración. Todo era negro por la noche. Entre mejor veía, peor se sentía.

Detrás de aquella puerta de madera... Ahí estaba. Aquella maldita silueta. sin hacer nada, sólo ahí. De pie. Incorporándose para mostrarle un par de espejos infernales que salían de sus ojos. Encendidos como el magma. Su alma se congeló, su piel murió, su respiración aumentaba, sus pupilas contraían y el aire en el cuarto apretando su pecho. El ser, comenzó a acercarse poco a poco, yendo más lento que las lágrimas de angustia del que está postrado en la cama. Estando al pie de su cama, se subió en ella. Subiendo como un aligator desde sus pies y su mirada amenazante... Su cabeza iba a estallar, el frío corriendo por su espalda, sudando frío y de pronto...

Un rugido feroz salió desde su garganta levantándose de la cama, empuñando el golpe más violento que en su vida pudo haber dado ante la figura que en un instante se desvaneció...

-Creo que volví a ganar- decía el chico aliviado mientras una voz aguda y hueca le decía al oído...

-Te encontré-


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