lunes, 19 de octubre de 2015

La visita a los ancestros

Entrar en aquella casa es un viaje en el tiempo. Las memorias recrudecen y las paredes se hacen enormes. Comienzo a sentirme un infante. Todos viéndome por detrás del hombro de mi madre. Mis pies comienzan a dejar de tocar el piso mientras que el círculo de comunicación se cierra entre un simple vaivén de cosas gastadas como la propia fontanería de aquella máquina atemporal. El agua le sudaba las paredes llevándose con ella la poca pintura que le quedaba, tierra y alguno que otro viejo dolor.

Uno se sentía como siempre. Aislado. Conversando en silencio. conversando para sí mismo. Viendo las gesticulaciones de todos ahí. Viendo a tus contemporáneos atiborrados de deudas, de vergüenza, de estirpe tan joven como ellos mismos. Viviendo la vida de un adulto de 40 años a sus escasos 17 años, y yo... Siendo un niño aún a los 24.

Eso se sintió como un empate. El punto donde el universo se equilibra y las energías se neutralizan. Allá donde mis propias sombras se encontraban convergían y se divertían haciendo siluetas sobre aquella sala. Salían y entraban de aquella habitación mientras que el cuerpo físico debía conservar el aspecto serio y severo, el alma iba y venía como las palabras de aquellas voces huecas y secas que absorbían el brillo del sol.

La vida es tan corta...

Un día uno podría convertirse en aquella entidad débil, lenta y frágil que con dificultad respiraba o peor aún, podría ser el polvo que el agua de un montón de ruinas podría arrastrar para evaporarse en el olvido húmedo y mohoso.

Nunca mas...

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