Luego de un día cansado habrían de ir a la cama, a asomarse por la ventana. Recibiendo en sus caras el resplandor lunar que azotaba sobre sus caras. Ella miró y él, la miró... A kilómetros de distancia. La opalescencia citadina dispersaba sus miradas y sin embargo, en sus memorias habitaban...
Una luna roja...
Una llamada...
Todo quedó listo. Ambos flechadores del cielo, cazadores de estrellas, plantados en el suelo el centauro y la sirena. Por un momento sin penas, por un momento sin cautela...
La sangre hirviendo...
El corazón, estallando...
Sus mentes pasionales iban liberando ilusiones, prestos de imaginación, temblores y perversiones. Uno tras otro. Derrumbando gestas, derrocando naciones, en un instante, la conexión no se habría entendido. Nunca tan fuerte, tan afable... Nunca incontenible...
Un asombro...
La purificación...
Una raya perpetraba en los rincones de sus terminales nerviosas, una a una caían presas del erotismo, devorando todo rastro de piel, de carne, de sangre que había tras su paso. Calaba hasta los huesos y entonces, por la orilla del mapa lunar sangriento, la brecha de blancura de pureza. Nada tenía sentido...
La serendepia...
El vuelo...
Otro sol, indulgente con luz soñadora sobre las cabezas de los mortales que no entienden nada y prefieren dormir mientras la luna se desangra. Ellos por fin lo comprenden todo. Aquella blancura recordaba el brillo de sus ojos al mirarse, las estrellas tiritando de colores bailaban por detrás del infinito mimetizando el complemento divino, y la profunda obscuridad que recordaba el fin en sus anhelos de lanzarse juntos al vacío para despertar en la cama del otro, a kilómetros de distancia.
Dos corazones...
La luna roja y la luna blanca.
Y todo esto comenzó con una luna roja
ResponderBorrarY todo esto comenzó con una luna roja
ResponderBorrarAún guardo la foto.. es memorable aquella noche
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