Por aguas intranquilas el mejor marinero saltó al agua para rescatar a su amada. Nado mucho y recorrió las mil leguas marinas para hallarse solo y aturdido entre el infinito mar. No había otra cosa que no fuera agua y cielo, que se fundían a lo lejos en un horizonte que galopaba entre olas y un crepúsculo que solubilizaba al cielo en el mar, y este último, parecía deborarse al sol entero. Llevándolo consigo a sus más obscuros secretos, Sus más obscuros secretos. El marinero, ahora llevaba días sin poderla encontrar, solo flotando... Varado en la inmensidad de un desierto flotante. A lo lejos se divisaba un pequeño punto, entre juegos de sombras y el sonido del agua. Nadó con furia para llegar hasta aquel punto, que se volvió una mancha, que se volvió una silueta, que se volvió una persona. No podía con la emoción de pensar que fuera ella. Pero no lo era. Parecía un cadáver, un cuerpo maltratado con las ropas rasgadas y el semblante desdibujado. en sus manos habían 3 onzas de plata y un papel con un mensaje con la tinta corrida, ilegible y un rostro que le recordaba a sí mismo. El marinero se acercó más para asegurarse de si estaba muerto o podía despertarlo y entonces ocurrió. El cielo furioso se tornó de azul a gris, y de gris a negro. Las aguas en las que flotaban también obscurecieron y comenzaban a agitarse, los relámpagos partían en dos al agua, en tres y en mil partes. Cada vez que esto ocurría una ligera nube se formaba y se desintegraba para caer sobre sus cabezas. Aquellas gotas golpeaban muy fuerte en la cara y les entraba hasta por la nariz. El viento impetuoso y salvaje arrastraba esas gotas y les cortaba la cara con el mismo aire, pero lo que más le preocupaba al señor marinero no era aquello que parecía el fin del mundo, sino sentir que pisaba algo, algo muy liso, muy escurridizo algo enorme. ¿Un delfín? ¿Un calamar? ¿Un tiburón? Aquello era una cosa peligrosamente descomunal, el equivalente al tamaño de la cancha de fútbol soccer. Su rostro se empalideció, no tenía frío pero temblaba como cuando la tierra mueve sus placas tectónicas, una lengua helada le lamía toda la espina y por un momento, quedó petrificado, inmóvil como si aquello que estuviera bajo el agua no viera el movimiento. ¿qué otros misterios podría tener consigo el mar inmenso? ¿No era suficiente ya con deborar al Sol? Y por si fuera poco había algo más que de súbito le golpeaba entre la espalda y la nuca ¿Qué podría ser? ¿Quién se atrevería a darle todavía más preocupaciones? Giró la cabeza hasta casi desnucarse y el largo de sus cabellos le impedía ver lo que le había golpeado en la superficie. Ese desespero, de no saber hacia donde se busca casi termina por matarlo. En su cabeza no hallaba más pensamientos que los de la muerte, pensado que era algo inevitable, pensando en lo que sería de ella sin él... Y del inminente fin de él sin ella. De pronto sólo retomó la calma, se irguió para nadar mejor se recogió los cabellos y entre las luces que le regalaba los rayos en esa tormenta vio lo que le había golpeado por la espalda... -¿Una llanta?- exclamó. ¿Sería una clase de broma? ¿De dónde saldría una llanta? Como quiera que fuese el caso el marinero tomó al náufrago por el cogote y se ayudó de la llanta para llevarlo consigo, pataleando para alejarse lo más posible de esa enorme mancha que nadaba en círculos por debajo de ellos, debajo del mar. Más rápido, más rápido, pataleaba con angustia, como en una pesadilla mientras más intentaba alejarse de ese monstruo más se acercaba, podía incluso sentir la piel de aquel ser con sus piel con cada patada que daba, era el fin. Seguía hacia ningún lugar para salvarse, cansado, arrastrando un rostro para él desconocido y con una piel lisa, húmeda y fría que invadía sus piernas y pies con perversión. Ya no podía más y para colmo, delante de él, aproximándose hacia él, hacia ellos otra enorme mancha por debajo del mar, igual o quizás más grande que la primera mancha y entonces se detuvo de patalear y miró hacia atrás para ver como la primera gran mancha se hacía más grande y delante de sí, saliendo del agua se le formaba un velo de agua entre los vientos cortantes, la lluvia, los rayos, el cielo negro y el rugido de la naturaleza no le impedían al marinero tener una esperanza, una pequeña esperanza entre tanta algarabía, entre tanto jolgorio, entre tanto y tanto. Se abrazo de su compañero de mar, de la llanta, de él mismo... Y cerró los ojos. Podía sentir como aquel monstruo lo subía, podía sentir como el agua le caía encima, como el agua le cortaba la piel, como los rayos le pasaban tan cerca que sentía como se erizaba su piel, como se le abrían los poros, a lo lejos parecía que ella lo observaba en un hueco en las nubes, juraba haberla visto por un momento, por un instante y entre tanto y tanto desfalleció, su vista se nubló y no supo más de sí o del mundo.
Al final... Él logró despertar encontrándose solo... La llanta, él y en su mano las tres monedas de plata... Y un bufido... Dos bufidos, Despertó en el lomo de una ballena, una ballena enorme. Cerca se encontraba otra enorme ballena que coleaba las aguas muy cerca de la ballena en la que iba montado. Y bufaban y bufaban pero de pronto ya no se hallaba en el mar, podía ver los árboles, los valles y las colinas, aún con el cielo grisáceo pero todo con más calma. Solo a lo lejos, muy a lo lejos, casi en el horizonte se formaban las aguas agitadas. En el punto en donde estaba el marinero era como un gran cubo que dejaba escapar el agua en el que estaban depositados las ballenas, la llanta y él. Poco a poco el nivel de agua que guardaba a las ballenas las descubría y dejaba a su piel para ser besada por el aire, secando su piel húmeda. El marinero, sintió gran alivio al encontrarse en tierra firme... Se sintió a salvo. Pero recordó a aquel misterioso náufrago ¿Dónde estaba? ¿Dónde habría quedado? No podría saberlo así. Tan hambriento, tan cansado. Finalmente el agua terminó por descobijar a las ballenas que seguían bufando, retorciendo sus cuerpos, implorando volver al mar. El marinero sintió la empatia hacia los cetáceos. Profunda agonía, gran desespero y en su semblante se dibujaba una infinita tristeza por las criaturas. No se veía que viviera alguien cerca, algún indicio de actividad humana era algo que no había alcanzado a rozar con aquella costa. De momento, se bajo del lomo de la ballena, guardó las monedas en una de las bolsas de su pantalón y se encargó de mantener frescas a las ballenas con el agua de un riachuelo que se encontraba cerca, haciendo surcos en la tierra para desviar el agua hacia los narvales, no era mucho pero así no sentía dejarlas tan desprovistas de agua. Entonces partió de ahí como un rayo, corrió como loco. De repente se detenía a girando la cabeza en todas direcciones, buscando algo que le fuera de ayuda. Algo o alguien. Como el sonido de algo celestial logró escuchar en ese llano escenario el ruido que producen las máquinas de combustión interna regidas por el ciclo de Carnot y corrió hacia tal para buscar asistencia humana, alguien que le ayudara a ayudar. Cuando llegó y logró ver la maquina está se apagó. Era un gran remolque vacío, con una enorme pala... No había ningún otro ser ahí, o alguien que atendiera al llamado desesperado del marinero. Éste, se dispuso a montar a la bestia de acero y caucho, sin embargo, no contaba con un sistema de acción como lo que él conocía. Por llave o botones. Tenía un orificio plano y debajo un letrero que decía "Deposite tres monedas". Entonces recordó las tres monedas de aquel náufrago. Cabrían a la perfección. Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que hubiera alguien, pero seguía sin ver a nadie. Depositó una moneda, después la segunda y al introducir está el juego de botones del tablero de control se activaron, por último... La tercera moneda fue depositada y la máquina echó a andar su motor. Era como un monstruo que gruñía y dejaba escapar humo negro azulado de su interior. -Espero que no sea muy tarde- pensaba el marinero. Metió primera y echó a andar a la gran pesada máquina. No había nada que lo detuviera, no había camino, el camino se hacia en su andar. Aplastando los pocos cactos que en su camino encontraba. No iba muy rápido, pero era lo más rápido que podía andar. Cuando llegó al lugar de los cetáceos. No podía creer lo que sus ojos veían. Simplemente sus ojos devolvían lágrimas. Una de las ballenas había sido devorada por dentro. Únicamente quedaban la piel, los huesos y el gran agujero por donde se lograba ver la cavidad en donde alguna vez estuvieron sus vísceras. Mientras que la otra, ya casi no se movía, apenas y pelaba los ojos. Entonces bajó de la máquina y se colocó en su piel las ramas que habían cerca para aterrizar el impulso de la pala mecánica sobre la piel fría, lisa y seca de la ballena. Trató de cubrirla lo más que pudiera. Hecho esto monto de nuevo la máquina, maniobró un poco para acostumbrarse a usar la pala y el movimiento rotacional del aparato. Era algo torpe, estaba cansado y llevaba ya varios días sin dormir, a excepción por su desmayo sobre el lomo de la ballena que había sido devorada.
Puso manos a la obra y a la maquina acercarse poco a poco a la ballena, movía las palancas y presionaba botones para que la pala gigante se moviera y estuviera cerca de la ballena. Una vez cerca de ella trataba de no hacerle daño a su piel, que se quebraba cada vez más fácil en medida que el tiempo transcurría, ésta se iba deshidratando terriblemente. Cada vez su piel se hacía más frágil y era inevitable ya hacerle daño, cada vez que la echaba a rodar la pala le rompía la piel, y a su paso dejaba un rastro de sangre. Esto no debía desmotivar al marinero, ya que nunca perdió de vista su principal objetivo: Devolver la ballena al mar. La hacía rodar y rodar, hasta que por fin se encontró cerca del mar, si estaba a escasos 50 pies de la orilla, era decir mucho. -Lo logré- Dijo el marinero saltando de alegría. Un jaloneo de la maquina lo sacó de su nirvana cuando esta se apagó. Se terminó el combustible. Su vista se perdió por un momento y sollozó brevemente. Recogió su mirada del piso y notó que la ballena lo estaba mirando, una mirada que reflejaba una infinita tristeza. Secó sus lágrimas con el dorso de su mano e irguió en su rostro el rictus de un hombre duro, de un hombre con carácter. Al intentar bajar de la máquina la puerta no abría, incluso había perdido la manija que servía para abrir la puerta, la única puerta que tenía la cabina. En lugar de eso se encontraba un botón rojo que decía "Pulse para salir". El marinero, sin pensarlo dos veces, lo presionó y cayeron las tres monedas de plata. Habiéndolas levantado del piso la puerta por sí sola, se abrió ante sus ojos. Terminó por empujarla de una patada y guardó nuevamente las monedas en su bolsa. Echó un brinco del enorme monumento de acero para caer a la arena parda de la orilla del mar, rodó y se puso de pie en dos movimientos. Al incorporarse corrió hacia la ballena quien aún seguía mirándolo. Se puso detrás de ella e intento empujarla. Espalda con espalda, haciendo fuera con las piernas, por choque con el hombro, nada funcionaba, nada movía al inmenso animal. El animal ya no se movía, ni bufaba. Solamente entre miraba al hombre que intentaba devolverla al mar. Lo vio levantarse y gritar, desgarrando sus ropas, lanzando blasfemias y aullidos hacia la nada, hacia el cielo, hacia el mar. Arrojando las tres monedas plateadas al mar, deshaciéndose de ellas con ira. Lo vio acercarse a ella, lo vio acurrucarse en un costado de esta, como si quisiera abrazarla. Fue entonces que la ballena intentó moverse nuevamente moviendo con dificultad una aleta, el marinero de alejó de está diciéndole -¡Eso! ¡Vamos! ¡Tú puedes carajo!- Volvió a colocarse detrás de ella para intentar ayudarla, empujándola, hasta qu por fin pudo rodar sobre sí misma una vez. Con su otra aleta comenzó a repetir el movimiento, Ya no faltaba mucho 40 pies... 30 pies... 20 pies... 10 pies... el agua empezaba ya a entrar por los poros abiertísimos de su piel inmunda humectándola y sanando y sin aviso... Una enorme ola se devoró a los dos seres que en ese momento se hallaban en la playa. Y en un momento más, ya no estaban.. No había más rastro de ellos que la gran línea de sangre que había dejado el gran animal en su rodar y una bota... La bota del marinero que había quedado en clavada en la playa como una asta, como un testigo fiel de la presencia del marinero, la prueba de que estuvo ahí alguna vez. A lo lejos, en el horizonte marino, podía verse algo, era como un punto diminuto que flotaba, una mancha, una silueta, una persona, el marinero. Posaba su vista en el cielo pensando en ella, con las ropas desgarradas, ojeras en la cara y lágrimas, los brazos abiertos y en la mano... Las tres monedas que había arrojado al mar con ira, había vuelto a sus manos. Él sólo tuvo que cerrar sus ojos y ahí estaba... Tan hermosa como siempre, esperándolo con los brazos abiertos. Nunca sintió tanta felicidad y se fue con ella, al fondo del mar, al cielo... ¿Qué sé yo? Al final siempre será un misterio.
Hace tiempo leí esto, debo decir que me siento encantada por semejante final. Espero leer más cuentos así.
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