domingo, 5 de octubre de 2014

Entrada de un sueño

Entonces me encontraba de repente en un lugar solitario, obscuro. Como en los callejones que soslayan a los forasteros a huir. Calles vacías como lo suelen ser por las noches cuando salgo a caminar. Un desliz me orilla a caminar sin prendas sobre la calle y así procedo. De la nada aparecen sombras de aspecto robusto y barbón  y se mofan de las ropas que caen e intimidan. Mientras tanto sigo caminando y me aparto, a la verdadera soledad, en donde de vez en cuando encuentro a alguien que no tiene nada que ver con nada, sin embargo, le saludo respetuoso y sigo mi camino.

La noche nubosa, la que no me deja ver las estrellas me regala lluvia para que desfile debajo de sus faldas y gire sobre mi propio eje y alrededor suyo. Sé a dónde tengo que llegar pero no qué camino tomar, así que tomo cualquier autobús, le pago al chófer y me siento a contemplar la ruta... A través de la ventana empañada por la respiración, se asoman escenarios muy muy obscuros, casi inauditos de los que sólo se ven figuras moviéndose cuando un relámpago ilumina la noche... Sólo eso y nada más.

La nave arriba a su final y voy directo hacia ese altar, hay que compra fruta, leguminosas y hortalizas y arroz. Escogiendo el fruto del mango, tocando su febril textura, aparece salvajemente su mano. Y salvajemente no es una interjección a la expresión de desagrado ni violento... Es más exquisito que eso, porque de le frescura de una piel amarga se saborea con la mano las notas de una piel característica, de sabor sui generis. No hay desfachatez esas manos son las que me ayudan a escoger entre la variedad de frutos que se hayan inmersos entre cajas, esas mismas manos que buscan jugar.

Una ocasión perfecta para cocinar, perfecto a la sensación de la variedad de pieles entre los ingredientes de un gran banquete todo listo y preparado para cortar, calentar, sazonar y mezclar. Pudiera pensarse no ser un sueño pero aquel duende púrpura tropezando con un arcoiris montado en un unicornio espacial, sugiere gritando que ¡No!... No es un sueño y yo quiero creerle. Dicen que no hay nada mejor que reposar la comida, pero en está ocasión y por esta noche tomo esas manos mágicas y les llevo conmigo a mi habitual sendero nocturno, empapado por un chipi chipi.

Las manos son un inexpertas y hay que tomarlas para que no se pierdan por todos los caminos y agujeros que hay, pero no buscan huir, esas manos buscan jugar. Una lluvia que arrecia exhorta a los noctámbulos a guardar calor. A veces guardar calor no es suficiente y hay que ser un sistema termodinámico estable... Para ello se requieren de medidas fisiológicas y bioquímicas, tal y como lo exigen nuestro apellido. ¿Cómo es dejar las manos jugar?

Un duelo de miradas encarnan una lucha entre seres que han dejado de pensar y dejan todo al instinto, al impulso a la naturaleza de sí. El apego que en sus cuerpos hay puede sacar chispas y chispitas de luz, el roce en sus prendas queman sus pieles de algodón y mezclilla y sus manos juguetean entre la circundante silueta de sus cuellos, sus dorsos, de sus caderas, de sus muslos. El agua, la misma que ayuda a deslizar las manos que juegan, huye despavorida, no puede ante el calor que producen los cuerpos, los deseos de matar al frío.

Los frotes de tonos rojizos y sus encantos rijosos crean estática, crean impulsos nerviosos... electricidad pura. La débil luz de una luna, es dispersada entre las gotas de agua que caen en un sueño ardiente, temperado como el magma. La luz misma, una luz blanca que toca esos cabellos desde la frente hasta la nuca, que toca sus cuerpos desde la sien y los tobillos hasta los más obscuros escondrijos, desde calor hacia el suyo. El circular de los dedos por su boca, como quien quiere hacer sonar una copa con los dedos húmedos, derrite los mismos dedos que provocan la sensación de bienestar. Un bienestar para morirse en esos labios rosas... Morir en bienestar



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