No pararé para reparar en cuestiones físicas. Son cosas que con el tiempo se acaban. Aunque vieras tú las ganas de agasajarme en recordar el delicado y blanco perpetuo de tus valles y tus crestas. De tu corazón entregado hacia el cielo como los cisnes revolotean antes de migrar hacia el mar. Me encantaría y sin embargo, misión contigo no es otra más que la de señalar lo que pocas personas cegadaz por tus encantos no alcanzaron a contemplar. Pero allí, en el altar de las pasiones desoladas que guarda tu alma, se encuentran un par de esquisitas gemas de valor y coraje, de gallardía y empoderamiento. Es tu influjo imperfecto que te hace remar contra corriente. Una estela inmarcesible que se va haciendo más fuerte a través de los tiempos. Aquello que te hace vibrar de corazón para combatir los embates de la vida. Aquella que te ha mostrado la mía. Son tus blancos y nobles gestos que madrugan y vencen cualquier miedo, que aún presente puedes darle duelo. ¿Cuántas gotas de sal han llovido desde tus gemas marrones? Camaleonicas. Impredecibles. Son siempre las mismas que cuando te sientes tan arriba en el cielo se corrompen y hacen que tus alas ardan. Caes al suelo, y te levantas. Cómo un ser sin rumbo, y sin embargo has clavado tu mirada en aquello que amas. Has recogido el cielo caído y roto los brazos torcidos. En el revuelo encendido de tus grandes ojos fijos se escucha un sordo alarido. Temes tanto no alcanzar a llegar que te incendias. Pero no hay porque alarmar. Tus pasos prenden tus huellas firmes y si las siembras bien, te pueden guiar a las estrellas. Te preguntas cuántas almas van por cada vela y cada vela ardiendo se incendia por ti. Son tantas que el caudal del río ha aprendido a volar. Las garzas levantan vuelo y tú vuelves a ser una vela encendida, apasionada, fuerte, entregada, inocente, desidida, solemne y encantadora. Si me lo preguntases eso es lo que tendría que decir de ti, mi bella pieza de lluvia
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