Un millón de soles ardiendo no bastan para iluminar el camino de los soñadores cuando las estrellas se han corrompido. El exhaustivo ente que a mi alma ensordece de colores y sueños se ve rojo en el horizonte. Rojo arrebol como el ocaso de los días que se han ido a tu lado. Perfectos cerezos descansan en tus labios pintados de rojo carmín. De rojo como la sangre que alguna vez corrió venturosa en mis venas de centauro. Y ahora ¿ves como las estrellas caídas no me dejan migrar al cielo? Haría falta regalarte un par de alas pero las mías, inertes yacen ya. Ante el sepulcro punitivo de noches venusianas. Bailan y cantan en las letras del epitafio, una amarga letanía guardada en la garganta de quién no supo cantar sus propias melodías. Ilusas, tontas. Y una ves más las veo encendiendose en tus ojos café. Café chocolate. Los rayos lunares guían los caminos de tu piel. Narcisa, en su punto. Y ahora aquel chocolate me sigue en mi andar, sigue mis huellas aún en la más arrogante obscuridad y huyo de ellos. Cómo queriendo huir de la felicidad. Pero ¿es que no ves te he visto toda la vida sin saberlo? Siempre hube que mirar a Tochtli en la trémula luz de la luna. Ahí estuviste todo el tiempo y ahora estás acá. Tratando de poner las estrellas de nuevo en su lugar. La brisa del norte me llama a partir pronto pues los azulejos perpetuos se resquebrajan y muestran su naturaleza pétrea, antigua y obsoleta. A ti, te agradezco tus lindos jardínes de trazos amables. Y sus flores que aunque no fueran tuyas postraron en mí, su indeleble recuerdo lleno de emociones puras y rebosantes de esperanza. Una esperanza que entre luces prende uno que otro candelero en el templo de mi infortunio. Palabras que llegan al alma mientras hago lo que más me gusta hacer en la vida. Una vez más allá arriba levanto mis ojos del piso y me dejó llevar por los hilos. Si los ves, nunca más para ti estaré perdido
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