Es preciso asegurar el panorama vidrioso obscuro e incierto de la vida misma. Pues esta es la apertura para incendiar una antorcha que te ayude a salir de la cueva. Mismo antorcha que proyecta en las paredes húmedas y etéreas tus miedos más profundos, lo desconocido. Todo aquello que no está en nuestro control nos aterra, y sin embargo, no vengo a ser elocuente para dar cabida al día en sí. Aunque siempre fue la mejor época del año para vivir... Hoy esta misma época me recuerda una lección esencial de la vida. Y es que, definitivamente, no hay nada seguro en ella. En absoluto. Y eso aplica incluso con el mismo sentido de posesión. A lo largo de la vida, solo somos espectadores de algo que nuestros sentidos no logran a comprender. Lo único constante en este batidillo cósmico son los cambios. Lo seguro es que todos vamos y venimos de un mismo lugar. Estamos hechos de lo mismo y no siquiera tenemos la más remota idea de lo que el mundo tiene para nosotros. Es absurdo pensar entonces que has venido a llevarte algo de aquí, todo es prestado. Somos eventos increíblemente extraños del universo, y este es indiferente ante nuestra necesidad de sentir cualquier motivo de existir. Y aunque el hecho de que haya algún propósito o no aún es debatido, puedo asegurar que es realmente irrelevante. Pues se nos ha ofrecido la oportunidad de disfrutar, de llorar, de reír y de gozar con nuestros sentidos, con el corazón y la razón. A este mundo vinimos solos y nos iremos solos. Y esas lágrimas de oro de aquel ser indefenso al que llegué a destrozar... Me lo decían sin vacilar... Y ahora puedo decir gracias. Ha sido una lección más aprendida
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