Los colores insípidos de Junio vestían con escalas atípicas, descolodas, arrítmicas... EL infinito abismo grisáceo y hundía las terminales de sus simbólicas manos, encima de paja y heno.
Los ríos unían su cause para encontrarse en una delta llena de energía hidraúlica. Poderosa por persistente y tranquila como el magma. La esquina generaba tanto calor que los salmones saltaban en contra corriente, buscando un mejor lugar para romper el tiempo en un ridículo intento por salvar a los de su especie
Y sin embargo, siempre fue tarde para ello. El tiempo no fue más y la cola de la prueba de su existencia en el mundo, rompió consigo la eternidad del universo. Viéndose reducido a luz, viajando por aquel abismo, durante el resoplo más profundo que Dios, pudo haber creado.
Por la tarde, las bugambilias se columpiaban tristes dentro de la cortina pluvial que adornaba la melancolía de sus hojas rotas por el alarido incoherente de los felinos en celo. Bastardos, eran hijos que por su extirpe, fueron arrojados sin más a la inmundicia, al silencio, a la crueldad. Aún con esas, lo que sea que fuere, unió sus caminos para que continuarán el ciclo maldito de polvo y llamas
Pronto, nadie recobró color. Sólo hubo un eterno diluvio que apagó toda conciencia. Y las mentes serenas y soberbias pegaron su cabeza contra el piso para escuchar lo que la tierra tenía que decirles, sin esperar que, el tiempo no existe. Ni tampoco otros espacios, eran uno sólo en todas partes, y por fin lo comprendían
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