viernes, 3 de julio de 2015

La fruta de la vida

Nuevo Mundo. Primera parte

No hace falta explicarlo, hace falta una sensación extrasensorial para saber que se está ahí. Entre el misticismo, la convergencia entre el pasado y el futuro e incluso el propio sintoísmo, envuelven la llegada de los seres extraños, sucios, torpes y hediondos que provienen del sur. 

Una vez ahí el general hubo que descargar su espada y el último bocado de aire, en un desahogo lleno de alivio y terror, abrazando la propia tierra que lo recibía como la madre a un recién nacido.  Desvaneciéndose a medida que salía de las aguas que le arrastraban hacia su seno, siguió caminando hasta que las olas ya no podían más que acariciarle las mejillas una vez que éste cayó rendido sobre la playa, sintiendo un increíble sueño una vez acurrucado en ésta. La espada no cayó muy lejos de él, a un costado suyo cerca de su pie izquierdo, en su mano derecha un retrato mojado, estaba el general sin armadura, únicamente con las ropas que le colgaban después de una noche de apacible sueño, el cielo estaba nublado, como lo están los cielos de oriente después de un Sifón, por detrás de él no quedaban restos de la ningún navío, sólo fantasmas de una tragedia y por delante de él un mundo que no conocía, un mundo nuevo.

A penas podía levantar la cabeza cuando escuchó voces que se acercaban, decían cosas que no podía comprender. Eran tres hombre, tenían túnicas grises y llevaban la cabeza afeitada, no podía distinguirlos bien pues su visión comenzaba a borrarse. En cuanto lo vieron corrieron hacia donde descansaba, le hablaban, pero no entendía nada de lo que ellos decían y como cuando uno tiene profundo sueño, vio una profunda luz, inhalo a todo lo ancho de sus pulmones y suspiró, cerró los ojos y no supo más de sí. 

Las visiones en su mente lo llevaban de regreso hasta su hogar, junto a su padre y a su madre, recordando la carne en término medio acompañada de cerveza con sus amigos, sus días de clase de ingeniería, sus clases para blandir su espada, y entre chispas y una silueta reluciente estaba su compañera, su prometida. Ahí estaba ella sentada en el parque, con su vestido turquesa, entallaba muy bien su cintura y levantaba su busto, contrastaba mucho con el carmín que se dibujaba en sus mejillas saludables, viendo los árboles y escribiendo cosas en su pequeño cuaderno y verla alejarse. Él, corre hacia a ella, y ella se aleja cada vez más, el fondo comienza a alejarse, el día se hace ocaso y los árboles salen por debajo, lo atrapan... Estira su mano en dirección de su prometida y grita su nombre...

Despertó al tiempo que escuchó cantos graves y un particular dolor en la espalda lo escupieron de sus sueños. Se encontraba nada más y nada menos que en un piso de madera, con una colchoneta muy delgada por debajo y con una sábana cálida. De inmediato, como un resorte, se levantó del piso y para antes de que pudiera buscar el retrato un dolor en el hombro lo hizo sucumbir nuevamente en el piso. -¡¿Dónde está?!- preguntaba. Miraba hacia todos lados buscando alguna rendija. Era un cuarto amplio, todo estaba fabricado con madera, Los cuadros en las puertas parecían de papel por un rincón en la obscuridad, alguien lo observaba, sintió entonces los vendajes en el hombro y en la cabeza y un dolor que no lo dejaba levantarse. -¡¿Dónde estoy?! ¡¿Quién eres tú?! preguntó a quién se le acercaba, y éste sin responder, se postró de rodillas ante él y se dispuso a poner una bandeja con alguna especie de solución verde como contenido. Sacó una toalla de entre sus accesorios,  un vaso muy pequeño y por último sacó una planta muy pequeña del tamaño de una nuez, era ovalada y con nomofilos bien definidos a lo largo del tallo, éstos de color verde obscuro y sombreado con un color rosa profundo; no tenía flor, ni semilla ni tampoco raíz, pero entonces procedió a romper la planta por la mitad, en la formación de un nudo, tomó la mitad de la planta y la otra mitad la dejó en el suelo, con la otra arrancó lo que quedaba del nudo de la planta y fue entonces que la planta se infló quedando el tamaño de una patata y viró su color de verde a kaki y perdiendo sus hojas. El extranjero quedó impresionado. Impulsado por su curiosidad pasó a tomar la otra mitad que el hombre con los párpados alargados, de apariencia infantil, cabeza rapada y con una túnica de color naranja, procedió a moler la otra mitad de esa planta tan extraña en el recipiente que había sacado anteriormente. El hombre curioso pasó entonces a repetir el proceso que el hombre con la cabeza rapada y rompió el nudo de la planta y al instante, ésta creció en sus manos ante su mirada atónita. -¿Qué es esto?- preguntó. Sin embargo, no obtuvo más respuesta que la del señor de cabeza rapada mostrándo el péndulo formado en la base de esa planta tan extraña, y a señas le sugirió que repitiera el proceso de una manera amable pues le sonreía. Pasó entonces el náufrago a romper el péndulo de lo que ahora parecía más bien ser una patata. Nuevamente, la planta/fruta creció y era tan grande que sobresalía aún tomándola con ambas manos, era ligera y sin embargo, volvió a cambiar de color. En está ocasión a un color púrpura obscuro, a su vez su forma también cambió, ya no era simplemente como una patata, ahora era muy parecida a una berenjena, se sentía fresca. Pasó entonces que el hombre de la cabeza rapada había terminado de homogeneizar su menjurje y lo vació en el pequeño vaso que descansaba a un lado de él. Se lo ofreció, y el hombre herido lo tomo con cierta desconfianza, lo miró de un color muy claro aunque no distinguió bien del color, no olía a nada... Volvió a cruzar miradas con el hombre de la cabeza rapada y éste, sonriendo de nuevo, hizo la seña para que la bebiera, y entonces la bebió. No sabía a nada, era insípida como el agua, y sin embargo el dolor desapareció y lo sorprendió un profundo sueño. Sentía tanta paz, que no le importó dormir a un lado de ese misterioso hombre que aparentemente lo había sanado.

Al día siguiente. Despertó, se sentía descansado como no lo había hecho en mucho tiempo. Salió del cuarto para explorar la casa. No había nadie. Admiraba la arquitectura  a la vez que  le preocupaba el hallarse en una tierra extraña con gente que no hablaba el mismo idioma que él. Salió de la casa sólo para hallarse en un pueblo que al parecer estaba vacío. No quedaba rastro alguno de haber alguien ahí. Todo estaba abandonado, incluso las fachadas de las casas estaban sucias con polvo. De pronto notó que ya no tenía el vendaje, y justo cuando comenzaba a preguntarse si todo lo había soñado descubrió una enorme cicatriz en el hombro y en uno de los bolsillos de su pantalón se hallaba ahí el retrato que le hizo sentirse vivo. Notó que le hacía falta su espada y regresó a buscarla en la casa dónde despertó. Ahí estaba, aún lado de su cama. Cuando se disponía a salir para ir a buscar comida encontró en la cocina el fruto extraño de la noche anterior y un poco de arroz hervido en lo que parecía ser la cocina. Nunca encontró cucharas, sólo habían pequeños y delgados palos de madera. Al ver esto se dispuso a comer con las manos. Era horrible, no sabía a nada, pero la necesidad de alimentarse lo llevo a terminar hasta el último grano de arroz. Observó aquella fruta parecida a la berenjena y la mordió, tenía un sabor increíble sui generis. Era bastante jugosa y terminó por devorarla. Quedando satisfecho, volvió a la playa a pensar en lo que haría. Se encontraba lejos de cualquier indicio de algo que él conociera. Después de pensarlo por un buen rato, y al ver que ningún navío pasaba por ahí, tomó sus cosas y partió por un sendero rumbo al norte, en dónde esperaría encontrar a algún mercante portugués o algún monje que lo ayudará a regresar a casa y explicarle a las expediciones del viejo mundo lo que había ocurrido, aunque él no recordara nada. Partió entonces sin saber lo que le esperaría más adelante, con la incertidumbre de la identidad de aquellos hombres que lo rescataron de la playa y de lo que esa planta que lo curó. 

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