domingo, 23 de diciembre de 2018
Luna agria
Zafiros en cuencas heladas. Un marchito momento. Penumbra y olvido. Un borde tachado de irreverencias y hostiles negaciones. Hacen del paraje un cementerio perpetuo. Ahí, bajo cientos de melancolías. Yace decrépito el añoro un día radiante y vigoroso: Hoy es una estampilla triste en el aire de sus ojos. Ojos que miraron zafiros donde solo había lastre. Él en verdad creía en los fantasmas de las estrellas. Les daba vida. De hecho, nada moría. Las cosas solo cambiaban de lugar. La translocación ocurrió en su mente. Ya no había nada, más que muerte prematura. Muerte en vida. Un escalón seductor para dar el siguiente paso en aquella penumbra. Un paso más en aquel borde. Lo pensaba sin parar. Siempre mirando a lo lejos, mirando por decir algo. Su mirada estaba pérdida dentro de sí. Se repetía en su mente una y otra vez los momentos que creyó mágicos. No podía concebirlos como aquella muerte prematura. La ternura, la dulzura, la calidez ya ni siquiera existía en su imaginación. Una vez que despertó hubiera preferido no hacerlo jamás. Pues todo aquello por lo que luchó, no existía. No había esperanza. Aquel, lo extrañaba tanto. Extrañaba la ridiculez, la empatía, el complemento... Pues nada detrás suyo lo satisfacía. Por algo había llegado hasta el borde. Algo osado, proyectó en su mente una sátira de lo que debió haber dicho en ese momento. Una descarga fulminante de odio y desprecio contra aquella que le hizo ver su suerte en el mundo real. En el mundo que ella mismo le había dicho apenas un día antes que era para ambos que no era así. No podía culparla. ella siempre fue su todo, ella sigue siendo su todo a pesar de todo. El único culpable era el mismo por no darse cuenta. Pasar sin notar todo el daño que causó, debía ser pagado. Y Entonces la deuda quedó saldada y el dio un paso al frente
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